«Representante representativo de los más necesitados, de aquellos que tal vez no podían verlo brillar en los estadios más importantes del mundo, no los privó de la maravilla de vivirlo y llevó su luz a todo lugar donde su magia fuera invocada para el bien de un otro. ¿Sabría el Diego lo que generaba en las personas?», se pregunta Alejandro Romero, el autor de la canción «La mano de Dios», que popularizó Rodrigo, en el prólogo de este libro.
Además de los partidos con los que cautivó al mundo, Maradona jugó también varios encuentros en distintas partes del país, en estadios pequeños, sin tribunas, apenas delimitados por un alambrado. Desde Posadas, en Misiones, hasta General Pico, La Pampa; en la paz que encontró en Oriente, durante la época de una de sus suspensiones por doping, o en Carlos Tejedor, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Este libro recorre la ruta del Diez llevando su fútbol a pueblos o pequeñas ciudades a las que revolucionó con su llegada.
En diez crónicas, los autores recuperan aquellas historias —muchas de las cuales pasaron desapercibidas para la prensa nacional— que aún perduran entre los pobladores de esos lugares. La historia del día que Maradona estuvo en cada sitio se relata de una generación a otra como una leyenda urbana, que con el paso del tiempo resulta más inverosímil: «¿Cómo puede ser que Maradona haya jugado acá?».
El viaje hacia esos días en los que Diego jugaba con desconocidos —y en varias de estas ocasiones también a beneficio— resulta, a su vez, una invitación a acercarse al costado menos relatado del astro: el que aparecía cuando no había periodistas acosadores, paracaidistas, oportunistas ni amigos del campeón. El Maradona de Villa Fiorito. El Maradona más humano.





















































