-Varón -dijo la partera.
-Va a llamarse Walter, José! -exclamó mi mamá.
-Y será de Estudiantes, Edith -repuso José, mi viejo, con una sonrisa de feliz extrañeza.
Eran pasadas las 2:10 del 31 de agosto de 1958 en la sala de maternidad de la Policlínica San Martín de La Plata.
La familia vivía en el Villa Argüello profundo: el de los trabajadores de los frigoríficos Swift y Armour, el del Astillero Río Santiago, el de los jornaleros y el de los albañiles, como José Vargas.
La gente del otro Villa Argüello -el de los que presumían de platenses, vivían cerca de la calle 122 y la avenida 60, y tenían el Centro de Salud y la parroquia del padre Laureano- solía hablar, en franco plan de desprecio, del "Barrio Chino".
En realidad, 122 y 60 era una suerte de triple frontera: hacia el frente, Berisso; hacia atrás, La Plata; y hacia la izquierda, Ensenada.
Nací donde nací por una mera cuestión de urgencia práctica. Desde la noche del sábado 30 yo pugnaba por salir del vientre de mi madre a conocer el mundo, y el Hospital Zonal General de Agudos Mario V. Larrain, de Berisso, quedaba demasiado lejos.
Los micros pasaban de tanto en tanto y ni hablar de taxis ni de remís. No había oferta ni dinero. Así que, bajo la lluvia, en días de tormenta de Santa Rosa, de salto en salto, gambeteando las lajas más embarradas, partió y llegó la caravana de los Vargas.
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